A veces, la vida nos rompe los planes para ofrecernos un destino diferente al que habíamos planeado. Esta es la historia de Patricia Villa Lever, una mujer que se convirtió en ejemplo de perseverancia y resiliencia a partir de un acontecimiento trágico que cambió por completo su vida. Y es que, lo que en su momento pareció “fin del mundo” para esta madre mexicana, terminó siendo el nacimiento de una revolución que hoy abraza a cientos de niños y mujeres en riesgo de exclusión.
El robo más bendito de la vida
Patricia nació en 1939 en Guadalajara, Jalisco, México y creció en el seno de una familia acomodada, en un entorno donde ser mujer significaba ser “bonita”, formar una familia y no aspirar a tener un lugar destacado en la sociedad. Su educación fue truncada por una visión machista de las mujeres, pero su espíritu siempre fue mayor que las paredes de su casa. Se casó joven y enamorada y fue muy feliz, hasta que el accidente de su hijo mayor lo cambió todo.
Pepe, nacido en 1961, era un niño inteligente, inquieto y apasionado por los caballos. Siendo muy pequeño, sufrió una grave caída de un caballo, que le generó un hematoma cerebral muy severo y graves secuelas físicas y psicológicas. El diagnóstico fue prácticamente una sentencia de muerte o, en el mejor de los casos, de postración permanente. A partir de ese momento, la vida familiar y en especial, la de Paty y José, su marido, cambió por completo. Todo comenzó a girar en torno a Pepe. Emprendieron una titánica lucha por revertir ese diagnóstico implacable. Paty dice, con una honestidad que estremece, que “Pepe se lo robó todo”: se robó la economía, el tiempo de pareja, la atención de los hermanos y los paseos familiares. Pero en ese “robo”, Pepe le dio a Paty su verdadera identidad.
De la primaria al título universitario: Una lucha en “escaloncitos”
Sin haber terminado la escuela, Paty se convirtió en maestra, enfermera y psicóloga por necesidad. Aprendió que los niños como Pepe no avanzan en saltos, sino en “escaloncitos”. Dedicó muchas horas a trabajar en su recuperación, a que Pepe volviese a moverse, a hablar, a caminar… hasta que lo consiguió. Además, Paty se involucró en la educación de su hijo. Junto con su hermana y gracias a su experiencia y a todo lo que había aprendido leyendo e investigando por su cuenta, pudo apoyar en la escuela y durante muchos años, al grupo de cinco niños “con necesidades especiales” en el que estaba su hijo, hasta que éstos terminaron la secundaria.
Su determinación fue tal que, a los 30 años, regresó a la escuela primaria, terminó la secundaria y finalmente se licenció en Educación. Quería que los títulos respaldaran lo que su corazón ya sabía: que ningún diagnóstico médico o pedagógico es una sentencia definitiva para nadie, si se cuenta con esperanza, amor, perseverancia y una buena dosis ayuda.
Ni siquiera el cáncer “terminal” que la golpeó años después, pudo detenerla. Los médicos no explicaron su curación, como tampoco explicaron que Pepe terminara la secundaria y se convirtiera en un talentoso pintor, afincado en EEUU y reconocido internacionalmente a través de su estilo pictórico llamado “Art Brut”.
El Efecto Pigmalión: Creer para ver
Uno de los pilares de la labor que hoy hace Paty nació de una experiencia de observación dolorosa: ser testigo de cómo los niños con discapacidad dejaban de progresar cuando los maestros les ponían la etiqueta de “retraso mental”.
“Si dejas de creer en ellos, ellos dejan de avanzar”, reflexiona Paty.
“Si dejas de creer en ellos, ellos dejan de avanzar”.
Tras esta experiencia comprendió que el sistema educativo mexicano necesitaba una cirugía de corazón.
Así, lo que empezó con cinco niños en el colegio de su hijo, se convirtió en una chispa que la acompañó durante muchos años y que se llevó consigo en su retiro en el pueblo de Tapalpa, en las montañas de Jalisco.
CITAC: El milagro de Tapalpa
Y esa chispa se prendió en su corazón una mañana de 1992, esperando su turno en el mercado de Tapalpa. Paty vivía en este pueblo montañoso cercano a Guadalajara con su marido. Sus hijos ya no vivían con ellos y Pepe estaba convirtiéndose en un pintor reconocido. Mientras escuchaba la conversación entre dos mujeres que hablaban sobre la hija de una de ellas, Paty sintió una punzada en el estómago. La niña había sido excluida de la escuela por sus problemas de aprendizaje. Algo se removió en su corazón al oír la sentencia sobre aquella niña y la impulsó a interrumpir la conversación. Al día siguiente Paty abría las puertas de su casa para apoyar a la niña en su educación. Poco tiempo después llegaron cinco, luego veinte… Paty le pidió 300 pesos a su marido, el hombre que ella describe como “el rostro de la bondad en su vida”, para pagar a la primera maestra que se ofreció a ayudarla en esta labor altruista.
Así nació CITAC (Centro de Integración Tapalpa) en 1996. Un Proyecto que pretende ofrecer ayuda, esperanza, amor y perseverancia a niños, niñas y mujeres en riesgo de exclusión, bien por su situación social, como por alguna discapacidad física o mental. Así, aquello que Paty empezó en la sala de estar de su casa, hoy es una institución que atiende a 700 personas cada año, transformando la vida de familias que viven en la marginación social y/o tienen que apoyar a sus hijos con discapacidad.
Soltar para seguir siendo feliz
La vida no ha dejado de probar a Paty: en los últimos años, ha perdido a su hijo Pepe por las secuelas de aquel accidente que tuvo de pequeño, a su marido, que no resistió el dolor de la partida de su hijo; y recientemente, a su segundo hijo.
Cualquiera pensaría que con todo lo que ha vivido, hoy Paty estará derrotada. Pero al mirarla a los ojos, uno descubre una paz que sobrepasa todo entendimiento. “A pesar de las tragedias no se me ha desbaratado la vida”, dice ella con una gran sabiduría. He aprendido a vivir en el presente, a no aferrarme, a soltar y a encontrar sentido en medio del dolor. Puedo decir que pesar de todo lo que he vivido soy FELIZ
Hoy, Paty sabe que el accidente de Pepe no fue una tragedia en vano. Como el propio Pepe le dijo antes de partir: “Qué bien que tuve mi accidente, mamá, porque con él me salvé yo y salvamos la vida de muchos otros”.
Patricia Villa Lever es la prueba viviente de que la bondad no es un sentimiento suave, sino una lucha feroz por la dignidad del otro. En CITAC, cada niño que se gradúa es un trozo del corazón de Paty que vuelve a latir, recordándonos que, al final, el amor es la única medicina que no tiene sobredosis.
¿Qué es CITAC?
El Centro de Integración Tapalpa es una institución con visión humanista que eleva la calidad de vida de niños y jóvenes con discapacidad o en exclusión, a través del arte, la educación emocional y la psicoterapia. Un legado que demuestra que la educación cambia vidas cuando se mira desde el corazón. Desde su Fundación, han pasado por este Centro más de 7000 personas.
citac.org.mx

